Sesenta años antes de la Batalla de Yavin, la República Galáctica se encuentra en declive. Aunque instituciones como el Senado, la Orden Jedi y los gobiernos viven una época de paz y estabilidad, los ciudadanos de la galaxia atraviesan problemas económicos. La ausencia de guerras ha obligado a que la labor de los Jedi se relacione demasiado con la política, convirtiendo a los famosos monjes en miembros de cuerpos diplomáticos. Son años de tedio que fraguarán los acontecimientos de la futura “Guerra de las Galaxias”
Sí, Star Wars es un producto; su misión última es la de ofrecer filmes rentables. Pero, por mucho que se mercantilice, hay valores que ha defendido desde la trilogía original. Estos capítulos breves ofrecen una manera de comprender los motivos y dotar de contexto a la obra.
Dicho esto, sería un error pensar que lo que pretende el capítulo es justificar las malas acciones. La atmósfera es, en todo momento, lúgubre. Las emociones que presentan sus personajes son sombrías: la frialdad de Dooku, el semblante taciturno de Qui-Gon y el pesar del pueblo de Wayyl. Por tanto, lo que nos muestra la pantalla es una distopía absoluta, en la que un idealista Dooku se retuerce por dentro al ver cómo la República a la que juró lealtad se aprovecha de la debilidad ajena.
En este ecosistema tan oscuro surge una de las luces que han caracterizado a la saga desde su origen: la esperanza. Aunque pase desapercibida, la única chispa optimista en dieciséis minutos de metraje se produce en la mayor escala del conflicto: cuando Qui-Gon habla con el hijo del senador, Uriel Dagonet, encontrando la paz en mitad del fuego cruzado
Cuidado con las convicciones, también con las ajenas. Y no es cuidarse de ellas, sino mimarlas para que no nos abandonen. Tanto para Dooku, el senador Dagonet o las gentes de Wayyl, una sobredosis de cinismo les ha llevado a ir en contra de sus propios valores. La falta de convicciones del senador le hizo mercadear con su pueblo. El hambre hizo que los ciudadanos se viesen obligados a cometer un crimen para el que no estaban preparados. Una Orden Jedi que abandonó su ideario precipitó la frustración en sus maestros.
En “la galaxia muy, muy lejana” y en la nuestra existen instituciones nacidas de buenas intenciones. Por desgracia, esas organizaciones gigantescas pueden anteponer sus intereses frente a aquellos que defienden. ¿La resolución? La individualidad. El hijo del senador solo necesitó conocer la situación para ponerse a ayudar; Qui-Gon reconoció que podría ablandar el corazón de su maestro si obraba con bondad; y el pueblo, que no creía en la República, confió su futuro a la promesa de Uriel. Quizá haya que preguntar quién es la solución ante cada problema, en lugar del qué. Especialmente cuando ese “quién” es en primera persona.