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Sinopsis
Presenciamos los primeros momentos de la vida de Ashoka Tano. Nacida en el planeta Shili, esta togruta viviría en sus carnes los acontecimientos más importantes de la galaxia. Su paso por el mundo comenzaría en una pequeña aldea desconectada digitalmente del resto de planetas, pero unida como sociedad a la República Galáctica y en comunión con la Orden Jedi.
Tras ver el capítulo
A mi juicio, fue una decisión cuestionable utilizar este episodio como piedra angular para iniciar la serie. No ocupa el lugar cronológico que le corresponde —pues los relatos de Dooku ofrecen un contexto mucho más necesario para entender el declive galáctico—, y tampoco posee el magnetismo épico que suele atraer al fan promedio. Sin embargo, su valor no reside en la espectacularidad, sino en su capacidad para tejer una nota al pie necesaria en el vasto tapiz de la saga.
Por un lado, nos permite atisbar la sensibilidad a la Fuerza desde una pureza que rara vez presenciamos. Estamos acostumbrados a la formación estructurada y casi industrial de los Jedi en Coruscant; ver cómo Anakin es instruido fue un evento excepcional. Pero aquí, ver a la Orden extendiendo su mano hacia una aldea pequeña y tecnológicamente aislada, nos recuerda lo que alguna vez fueron: guardianes, no soldados. Nos recuerda que su misión era la accesibilidad, la conexión con lo vivo, y no el simple mantenimiento de un statu quo político.
El otro aspecto fundamental es la auténtica naturaleza de la “Fuerza”. Como bien apuntaba Ben Kenobi en Una Nueva Esperanza, esta no es una herramienta de poder, sino el vínculo que sostiene la existencia. El Jedi no aspira a dominarla, sino a comprenderla; no busca imponerse, sino servir como un humilde canal de su voluntad. Episodios como este nos recuerdan que una galaxia no se compone solo de duelos con sables de luz o batallas espaciales. La saga necesita de estos remansos, de estos párrafos tranquilos que forman parte de un libro mucho más complejo, recordándonos que, tras la guerra y el mito, lo que realmente importa es la vida.
La “fuerza” del relato
Lejos de ser simples individuos dotados de habilidades extraordinarias, los Jedi y los Sith se perfilan como devotos de cultos antagónicos. Ambas facciones representan corrientes espirituales que intentan descifrar, bajo el prisma de sus propias restricciones, la naturaleza de la Fuerza. Mientras que el Imperio Sith anhela el dominio absoluto y la explotación del poder que emana de ella, la Orden Jedi la contempla como un organismo latente y sagrado.
Si Ahsoka hubiese abrazado el sendero del lado oscuro, vería en su capacidad para subyugar a las criaturas un derecho natural para su provecho personal. Bajo esa premisa, se sentiría legitimada por una superioridad intrínseca, dictando sus pasos según un axioma de control. Sus actos podrían no ser siempre perversos, pero carecerían por completo de esa virtud desinteresada que define al guardián.
Es precisamente por este motivo que el relato adquiere una relevancia capital. La voluntad de la Fuerza no se manifiesta en el sometimiento de la bestia. Siendo apenas un bebé, Ahsoka demuestra una comprensión de su entorno superior a la de su propia madre; sin temor, sin agresividad y sin resistencia. A través de una mirada paciente, logra una conexión profunda que trasciende el lenguaje o el conflicto. La Fuerza no irrumpe para herir, sino para entrelazar existencias, recordándonos que este vínculo es el que realmente dota de sentido a todo el mosaico galáctico.
En nuestra propia historia, al igual que en la lejana galaxia, encontramos un abanico infinito de cultos, ideologías y creencias. Todas han surgido para dar respuesta a las angustias de sus sociedades. Pero, al enfrentarnos a la inevitable pregunta de si existen pensamientos más elevados que otros, el criterio no debería ser la doctrina, sino la virtud de sus metas o divinidades. Al final, más allá de los dogmas, la excelencia reside en la capacidad de mirar al otro no como un objeto a dominar, sino como una existencia con la que convivir.