Episodio II: El Ataque de los clones

ARTÍCULO

COMPARTE:

El Ataque de los clones

Antes de ver la película

Estamos ante el umbral del abismo. No es solo el inicio de una guerra; es el estallido de un sistema que lleva décadas pudriéndose por dentro. Dooku, un hombre cuya salida de la Orden Jedi se viste de idealismo político, es en realidad el síntoma de una República que ya no sabe sostenerse. Su movimiento secesionista no es una simple rebelión; es el espejo que devuelve a Coruscant una imagen que no quiere ver: la de su propia corrupción e inoperancia.

La galaxia vive en una vigilia tensa, en ese atrio donde el silencio precede al grito. Los Jedi, otrora guardianes de la paz, se ven ahora desbordados, convertidos en bomberos que intentan apagar un incendio forestal con las manos desnudas. Y ante la impotencia, la solución del Senado es la más antigua y peligrosa de la historia: el rearme. Un ejército profesional para una República que, irónicamente, nació para no necesitarlo. La llegada de Padmé Amidala es el último suspiro de una diplomacia que se niega a morir, pero que ya tiene la sentencia de muerte firmada.

En ese ambiente de crispación, los habitantes de la galaxia perciben estar en el atrio de una guerra sin precedentes. Los caballeros jedi desplegados por muchos planetas son incapaces de hacer frente a los ejércitos separatistas y salvaguardar la paz. El contexto obliga al Senado Galáctico a crear un ejército profesional de la República que permita frenar el avance separatista.

La cinta comienza con la nueva senadora de Naboo aterrizando en Coruscant con la intención de ser la voz que se oponga al rearme. 

Si has visto la película…

Mirad más allá de la pirotecnia de los sables láser. Esta guerra no es de metal y plasma, sino de psiques fracturadas. El verdadero conflicto, el que realmente importa para el destino de los mundos, se libra en el terreno del ego.

  • Anakin y la tiranía del reconocimiento: Su narcisismo no es vanidad vacía, es un hambre voraz por existir en el otro. No puede ser un espectador; necesita ser el eje sobre el que gira cada conversación. Cuando contradice a su maestro o a la senadora Amidala, no lo hace por tener algo que decir, sino para demostrar que sigue existiendo.
  • Jar Jar y el histrionismo funcional: A menudo ignoramos a Binks, pero su papel es una tragedia del absurdo. Nunca ha demostrado una gran capacidad, pero podríamos esperar que cumpliese con su promesa a Padme y no hiciese nada sin consultarle. En su afán por ser útil, tuvo que dirigir la moción que acercó a la República a un regimen autoritario y militarizado. 
  • La decadencia institucional de los Jedi: Estamos ante una religión que ha confundido la espiritualidad con la comodidad burocrática. Se han vuelto ciegos a lo que ocurre en los bordes de la galaxia porque están demasiado ocupados mirando las moquetas del Senado. Cuando Windu propone la transparencia, el Consejo elige el silencio. Prefieren mantener la fachada de una omnipotencia marchita antes que admitir que han perdido el rumbo. Las apariencias, para la Orden, se han vuelto más sagradas que la propia Fuerza.

El caballero del ego

Hay una ironía cruel en el narcisista: cree que es el dueño de sus actos cuando es, en realidad, el cautivo de su propio prestigio. Anakin es un títere cuyas cuerdas son las expectativas de los demás. Es casi imposible quebrar a un Jedi mediante el dolor físico, pero es insultantemente fácil hacerlo mediante la adulación. Palpatine no necesita trucos mentales; solo necesita lanzar elogios bien dirigidos al ego herido de un joven que se siente especial pero no reconocido.

Para Anakin, los demás no son personas, son espejos. Mira a Padmé y no busca una compañera, busca el reflejo del “héroe” que quiere ser. Escucha a Palpatine porque el Canciller le devuelve la imagen de un dios en potencia. Anakin se vuelve sordo a la verdad y solo escucha las voces que alimentan su necesidad de grandeza. Es el inicio de una caída que no nace de la maldad, sino de una inseguridad patológica disfrazada de poder.

Las caídas de las religiones

Citando a María Zambrano, una cultura depende de la calidad de sus dioses. Y los dioses de los Jedi se han vuelto de piedra. Han abandonado el cuidado de la vida por el cuidado del statu quo. Cuando un monje místico pasa más tiempo en despachos políticos que meditando sobre la ley natural, algo se ha roto de forma irreversible. Han perdido el norte porque han cambiado la Voluntad de la Fuerza por la voluntad del Canciller.

Mace Windu dice que no son soldados mientras se calza las botas de general. Es una disonancia cognitiva que define a toda la Orden. Aceptan ser la vanguardia de una guerra, no por principios, sino por inercia institucional. Se convierten en excelentes armas, pero en pésimos guardianes. Una Orden cuya razón de ser es evitar el conflicto termina siendo la pieza clave para que la guerra sea eterna.

Al final, los Jedi aspiran a ser héroes de guerra porque ya no saben cómo ser santos. Relegan su brújula moral por miedo a mostrar debilidad, por miedo a admitir que su conexión con lo divino ha decrecido. Y ese es el verdadero horror de El Ataque de los Clones: ver cómo los mejores de la galaxia dejan de serlo para convertirse en simples peones de una tragedia que no alcanzan a comprender.