El silencio.
A veces, se nos olvida lo ensordecedor que puede llegar a ser el silencio. Estamos tan acostumbrados a que las superproducciones nos griten a la cara con exposición constante, diálogos redundantes y ruido blanco corporativo, que cuando una obra decide callarse y simplemente mostrar, nos sentimos desarmados.
Vivimos en una época donde el canon de una franquicia se defiende con más ferocidad que los derechos laborales. Y en el epicentro de este huracán de nostalgia plastificada, hay una joya de la animación que, durante mucho tiempo, fue relegada a los márgenes. Hablo, por supuesto, de Star Wars: Clone Wars (2003). La obra maestra de Genndy Tartakovsky.
Y no, no estoy hablando de la serie en 3D. Estoy hablando de la microserie en 2D. De trazos angulosos. De miradas que duran diez segundos antes de que un sable de luz encienda la pantalla. De la pura y absoluta cinemática del movimiento.
La guerra sin palabras
Para entender lo que hizo Tartakovsky, hay que entender el contexto. Entre El Ataque de los Clones y La Venganza de los Sith, George Lucas necesitaba algo que llenara el vacío. Necesitaba que el espectador sintiera que, efectivamente, había una guerra a escala galáctica ocurriendo fuera de campo. Y Tartakovsky, el arquitecto detrás de Samurai Jack, agarró ese encargo y decidió que la mejor forma de contar una guerra no era a través de la política del Senado, sino a través del barro, el láser y la sangre que Disney no te dejaría mostrar hoy en día.
Aquí no hay arcos de veinte episodios sobre disputas comerciales. Aquí hay un soldado ARC levantando dos blásters en medio de la lluvia. Es puro lenguaje visual. Es narrativa a través de la acción.
Tartakovsky entiende algo fundamental sobre Star Wars que a muchos otros directores se les escapa: Star Wars es, tiene una gran carga mitológica. Y los mitos no se explican con manuales de instrucciones; se forjan con iconografía. Por tanto, no es la obra más literal, sino explicativa.
La verdad sobre el canon
Hablemos de ese elefante en la habitación. Hablemos de lo que “cuenta” y lo que “no cuenta”.
Muchos puristas te dirán que esta serie fue borrada de la continuidad oficial. Pero hay un hecho fundamental que debemos reivindicar: el primer volumen entero, junto con los primeros 25 minutos del segundo volumen, son y deben ser considerados totalmente canónicos. ¿Por qué? Porque son la única pieza audiovisual que muestra de un modo más rápido, visceral y directo los primeros pasos reales de las Guerras Clon. Encapsulan el estallido del conflicto con una urgencia que la franquicia necesitaba desesperadamente. Es el tejido conectivo perfecto que une la Batalla de Geonosis con el caos que consumiría a la galaxia. Negar esto es negar la propia historia de la saga.
Los cimientos olvidados
Y aquí es donde entra la tragedia de la memoria colectiva. La serie The Clone Wars en 3D, que saldría años más tarde bajo la batuta de Dave Filoni, se llevó gran parte del mérito histórico. Es una buena serie, no me malinterpreten. Pero es injusto olvidar que esa serie posterior no fue la responsable de presentar a muchos de los personajes y conceptos más importantes de la era de las Guerras Clon. La gloria de la introducción le pertenece a Tartakovsky.
Piensen en ello. La serie en 3D no introdujo a estos elementos; ya estaban ahí, cimentados en el glorioso 2D. Fue aquí, en los trazos de Tartakovsky, donde vimos por primera vez:
- A un General Grievous terrorífico: No el cobarde asmático que huye tosiendo en Episodio III, sino una verdadera máquina de matar, una pesadilla sacada de una película de slasher que cazaba Jedis en las sombras y usaba sus sables como trofeos macabros.
- A los Soldados ARC: Antes de Rex, de Fives o de Echo, estuvieron los ARC Troopers originales, los de la Batalla de Muunilinst. Máquinas de asedio tácticas y silenciosas.
- A Asajj Ventress: La asesina de Dooku con la que Anakin libra uno de los duelos bajo la lluvia más espectaculares de la historia del medio, una coreografía de pura furia. Este personaje que, desde su primera aparición, Sidious la ve como un mero instrumento para sus planes.
- El nombramiento de Anakin como Caballero Jedi: La ceremonia oficial. El corte de la trenza de Padawan en la oscuridad, un rito de paso solemne que definía su cambio de estatus.
- El peso real de los Maestros Jedi: Tartakovsky nos mostró qué los conflictos sucedian simultaneamente. Y que en cada rincon de la galaxia, un jedi y su legión luchaban contra el conde Dooku. Nos dio la maestría de Ki-Adi-Mundi sobreviviendo a lo imposible, la agilidad letal de Aayla Secura, la estoicidad de Shaak Ti, la elegancia de Luminara Unduli y su padawan Barriss Offee, y la sonrisa pícara de Kit Fisto luchando bajo el agua en Mon Cala. Todas estas batallas son inicios, y las entregas posteriores las muestran como iniciadas con anterioridad.
- La forja y los cristales Kyber: Mucho antes de que el nuevo canon nos explicara cómo funcionaban los sables, aquí vimos a Ilum. Vimos la cueva, vimos el frío y vimos la conexión espiritual necesaria para montar un arma Jedi a través de los cristales Kyber.