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Si el primer Super Mario Bros. fue la cúspide del diseño intuitivo y The Lost Levels fue un experimento de sadismo para expertos, la verdadera secuela occidental, Super Mario Bros. 2 (1988), es la anomalía más fascinante de la historia de los videojuegos. Es el juego que no debía ser, el clon que acabó por reescribir las reglas de la franquicia y el ejemplo perfecto de cómo un “parche” de emergencia puede convertirse en un clásico atemporal.
Adiós a los pisotones: Bienvenidos a la agricultura de combate
Lo primero que descolocó a los jugadores de 1988 fue que las reglas básicas de la física de Mario habían desaparecido. Ya no podías derrotar a un enemigo saltando sobre su cabeza; ahora, si te parabas sobre un Goomba (que aquí ni existían), simplemente te quedabas de pie sobre él.
El núcleo jugable ya no era el pisotón, sino el agarre y el lanzamiento.
Para avanzar, Mario y sus amigos debían arrancar hortalizas del suelo (las famosas raíces flotantes) y arrojárselas a las huestes del villano Wart (un sapo gigante que sustituyó a Bowser). El diseño de niveles cambió por completo: dejó de ser una carrera horizontal en línea recta hacia la derecha para convertirse en una aventura mucho más vertical, llena de llaves gigantes que debías cargar, puertas transdimensionales ocultas en pociones y pasadizos subterráneos donde excavar bloques de arena.
Cuatro héroes, cuatro identidades
Quizás el mayor acierto de este “experimento” fue la introducción de la selección de personaje antes de cada nivel. En el Mario original, Luigi era solo un clon verde de su hermano. En Super Mario Bros. 2, gracias a las mecánicas heredadas de Doki Doki Panic, cada personaje adquirió una personalidad jugable única que definió su identidad para las siguientes décadas:
- Mario: El equilibrio absoluto. Buen salto, buena velocidad. El estándar.
- Luigi: Su salto era altísimo, pero sus piernas se movían en el aire como si flotara y derrapaba al frenar.
- Toad: El velocista. Saltaba poco, pero arrancaba las plantas y corría con los objetos a una velocidad endiablada.
- Princesa Peach:. Su habilidad para flotar en el aire durante unos segundos rompía las secciones de plataformas más difíciles y la convirtió en un icono jugable mucho antes de que el término “empoderamiento” estuviera en el radar de la industria.
El legado de los impostores
Este juego supuso un gran cambio en la jugabilidad, sin embargo, las próximas entregas volverían al cauce original. Por esta razón Super Mario Bros 2 se siente como un juego diferente. No obstante, es irónico que un juego que técnicamente “no era un Mario” terminara aportando más al ecosistema y al lore de la saga que su propia secuela japonesa. Elementos que hoy consideramos fundamentales en el universo de Nintendo nacieron aquí.
Los Shy Guys (esos enemigos con máscara que hoy tienen su propio peso en Mario Kart y Yoshi’s Island), las plantas carnívoras escupiendo fuego desde abajo, los movedizos Pokeys (los cactus por secciones) y, por supuesto, Birdo, el icónico dinosaurio rosa que escupe huevos por la boca, hicieron su debut en este juego. Nintendo se apropió de su propio spin-off de tal manera que asimiló a todos estos personajes como parte oficial del Reino Champiñón.
Conclusión: El lienzo de Super Mario All-Stars
Al igual que con los dos títulos anteriores, la versión definitiva de este juego se encuentra en el recopilatorio Super Mario All-Stars de Super Nintendo (o en su adaptación para Game Boy Advance, Super Mario Advance). El lavado de cara gráfico de 16 bits le sentó de maravilla a Subcon (el mundo de los sueños donde transcurre el juego), añadiendo un nivel de detalle, texturas y expresividad a las animaciones que hacían que el juego se sintiera, por fin, como un Mario legítimo y no como un parche de marketing.
Super Mario Bros. 2 es la prueba de que, a veces, los mejores diseños surgen de las restricciones y los accidentes. No tenía los niveles milimétricos del primero, ni el reto hardcore del segundo, pero derrochaba una personalidad, una música y una jugabilidad tan adictivas que demostró que el universo de Mario era lo suficientemente elástico como para estirarse en cualquier dirección sin romperse.